miércoles, 19 de abril de 2017


Honras militares

Susana esperaba en el Cementerio Nacional de Arlington la llegada del ataúd que contenía los restos mortales del último marine muerto en Irak.

Mientras tanto su mente no paraba de traerle recuerdos de su vida con el militar.

Susana había esperado durante los años de su matrimonio un poco más de cariño y dulzura por parte de su marido y una mayor dedicación de este en la educación de su hijo, en vez de enrolarse una y otra vez en misiones arriesgadas en tierras que ni le sonaban.

—“¡Es mi deber!”  —le decía, cada vez que se despedían.

«Primero fue la guerra de Bosnia en la antigua Yugoslavia. Después Afganistán… y ahora en Irak, ¡había perdido la vida!». Se lamentaba interiormente Susana. 

La ceremonia del entierro estaba llena de solemnidad. El Secretario de Defensa y otras autoridades civiles y militares arropaban a la viuda que mostraba una entereza fuera de lo común. Ni una sola lágrima había aflorado en sus mejillas en todo aquel tiempo de tensa espera, propio de la ocasión luctuosa.

Después de las salvas de rigor el Coronel Jefe del Batallón inició su semblanza elogiándolo encarecidamente:

Este ejemplar soldado ha muerto en tierras de Faluya en una misión arriesgada hostilizando a los terroristas chiitas, cuando el vehículo que maniobraba volcó siendo aplastado por el mismo.

Sin poderlo evitar, la viuda pensó, «¡Seguramente estaría borracho! ¡Por eso no fue capaz de controlar el blindado!».

La tropa presente permanecía atenta, en posición de respeto, a la plática del coronel:   

Su implicación en las tareas colectivas de la compañía que mandaba, es otro valor añadido a su impecable hoja de servicio.

«¡El desgraciado se implicaba demasiado!», recordó tristemente.  

Seguidamente Susana revivió episodios protagonizados por el militar:

«Un año, en la celebración del cuatro de julio en la Base Militar de Bagran, estaba trompa perdido y casi pierde un ojo cuando estaba tirando cohetes para abrillantar la efeméride. ¡Y encima le condecoraron!».   

La importancia que daba este hombre a los valores del trabajo en equipo   —continuó el coronel— ayudando a los más débiles…

«¡Sería allí! Porque en casa no era capaz ni de limpiarse las botas llenas de barro cuando volvía de las maniobras».  

El trato enérgico, pero correcto —añadió el orador— con sus subordinados…  

«¡Sí, sí!…Pero conmigo siempre la liaba», pensaba apenada la mujer.   

Mezclados con los recuerdos volvía a escuchar las voces airadas del esposo:

«¿Dónde has puesto las llaves del coche? ¡Furcia de mierda!», otras veces la menospreciaba, «¡Eres una inútil! ¡No sabes cuidar ni de tu propio hijo!».

A continuación, el capellán castrense comenzó su elegía embargado por la emoción del momento:

Estamos aquí para encomendar el alma del Capitán Brayden Hart a la presencia de Dios Nuestro Señor, y para honrar su memoria resaltando muy concretamente, los valores morales de nuestro querido capitán.

En ese momento a Susana le asaltó el recuerdo de aquella conversación que mantuvieron su esposo y sus compañeros de cuartel, y que ella escuchó de manera fortuita, cuando celebraban el cumpleaños del Teniente Parker Coleman.

«¿Te acuerdas Brayden, de cómo nos tiramos a aquellas moras la noche que conquistamos Tal Afar?», se vanagloriaba el teniente.

«¡Cómo no voy a acordarme! ¡La hija de puta estaba como un tren!».

«¡Anda, que la que yo me follé, no le iba a la zaga! Menudas tetas tenía la tía», continuó ahondando en la escena el teniente.

«¡Sí, es verdad!  —corroboró el capitán— Pero la cabrona no quería mamarte la polla. Si no hubiera sido por mí, que le agarré la cabeza, te hubieras quedado con la ganas. Estabas demasiado borracho para saber lo que tenías que hacer».

«¡Para con eso! Creo que está llegando tu mujer», cortó la conversación bruscamente el teniente.

Ahora Susana sí tenía ganas de llorar. Pero se contuvo. No le apetecía dar la sensación de que estuviera llorando por él.

Como cierre del sepelio, el Secretario de Defensa inició su discurso diciendo:

Hoy estamos anunciando con orgullo que al difunto le ha sido concedida, a título póstumo, la medalla de honor como reconocimiento a la valentía e intrepidez demostrada por el capitán con riesgo de su propia vida.

Dicha condecoración —continuó el coronel— lleva implícita una recompensa económica, de treinta y cinco mil dólares.

 «¡Esto me va a venir de maravilla!», pensó la viuda, acostumbrada que estaba a hacer cuentas para sostener la economía familiar, ya que la mitad de la paga del héroe se le iba a este en partidas de póker con los compañeros de arma; en copas y en caprichos propios de una persona inmadura.

Años más tarde diferentes medios de comunicación internacionales sacaron a la luz pública, gracias a una denuncia del hermano de una de las mujeres violadas, los desmanes cometidos por miembros de las fuerzas de ocupación americanas en Afganistán.

Por este escándalo le fue retirada la condecoración al capitán Brayden Hart y exigieron, a su viuda la devolución del importe económico que llevaba aparejada la medalla.

Pero esto último no fue posible ya que Susana se declaró insolvente. Hacía tres años que había rehecho su vida casándose con un pacifista miembro de Hare Krishna.  

 

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viernes, 24 de marzo de 2017


EL  MENTIROSO                    

 

El chico es un chulito de playa que durante el verano se dedica a ligar con las chicas que aborda y conquista gracias a su piquito de oro y a su buen aspecto físico.


Aunque no tiene donde caerse muerto, presume de tener un coche de alta gama que nadie ha visto porque dice que lo tiene en el taller reparándolo, ya que las piezas que necesita tienen que traerlas de Alemania y esto aparte de ser carísimo tardan mucho tiempo en llegar, porque son de una fabricación especial echa de encargo.


Así que anda siempre con el coche de la chica que ha engatusado, como si fuera el dueño del mismo y se va a vivir con ella aunque sea por poco tiempo con lo cual no tiene que pagar alquiler.

El dinero que algunas veces maneja lo gasta generosamente con sus colegas y de vez en cuando lo comparte, para agradarla, con la chica de turno que cree haber atrapado en este chico un mirlo blanco.

El chasco que se lleva la joven ilusionada es mayúsculo, cuando éste cansado de la relación física, desaparece de su vida llevándose el televisor y las joyas que ésta tenía en su casa. La mayoría de ellas regalos de su familia.

Durante el invierno, en la ciudad que vive, está atento para descubrir a la chica que podría solucionarle el problema del alojamiento y si esto no es posibles, por lo menos le garantice unas buenas jornadas de sexo placentero.


La chica se volvió para mirar quien le había preguntado si ella era la última de la fila, pregunta que le pareció bastante obvia. No obstante, contestó amablemente que sí.

El joven que así la interpelaba, era un sujeto de porte atlético y aspecto simpático poseedor de una amplia sonrisa que dejaba ver unos dientes muy blancos y bien dispuestos dentro de una boca de labios carnosos y mejor perfilados.

Al verlo la chica pensó:

«¡Caramba, qué guapo!»

He venido para ver si hay alguna oferta para trabajar como contable dijo el chico intentando entablar conversación.

La chica no le respondió de momento, aunque dudaba:

«¡Parece buena persona! ¡Creo que voy a seguirle la conversación! ¡Así se me hará más corto el tiempo de espera!»

El chico insistió:

—¿Sabes que me he puesto en esta cola solo por hablar contigo? Me he atrevido a abordarte porque sé que de aquí no te vas a ir hasta que no te atiendan.  

—Pues yo he venido a sellar mi demanda de empleo. Llevo meses esperando una oferta para trabajar como arquitecto técnico —dijo la chica— pero cogería cualquier trabajo que se me presente. Ahora estoy vendiendo libros de puerta en puerta para ganar algún dinero con el que ayudar a mis padres que están jubilados.

—Pero eso de tratar con el público es un trabajo difícil y a veces poco gratificante.

¡Es verdad! Además es un trabajo mal remunerado. ¡Fíjate! Este mes solo he vendido un diccionario de latín para un vecino que está preparando unas oposiciones para profesor en el Instituto Veritas.

—Bueno, mi nombre es Rafa Ibáñez   —se presentó el chico.

—Yo soy Elena, encantada de conocerte.

—Con la formación que tienes, creo que yo podría ayudarte a encontrar otro trabajo mejor.

El chico continuó: 

—Quiero decirte que no estoy desempleado, he venido a esta Oficina de Empleo a traer los contratos de unos trabajadores que van a entrar en la “Constructora Levanta” para la que trabajo y que va a iniciar un nuevo proyecto de edificación; si ella y el cliente llegan a un acuerdo económico.

—¡Qué guay! Ojalá se concrete, pues supone nuevos puestos de trabajo   —añadió la chica visiblemente contenta.

—¿Qué te parece si me das una copia tu currículum? Y lo dejo en manos del responsable de Recursos Humanos de la empresa —le propuso el chico.

—¡Me parece bien! Te lo agradezco mucho   —respondió la chica ilusionada—   si quieres pasamos por mi casa después de terminar aquí y te doy una copia  —añadió.

                                          

Acabó la chica los trámites para los que había ido hasta la Oficina de Empleo y salieron juntos a la calle. Entonces el chico le dijo:

—He venido hasta aquí en un taxi, pues tengo mi coche en el taller reparándolo. Así que podemos coger otro para ir hasta tu casa.

—¡No! ¡No es necesario! Podemos ir en el mío. Lo tengo aparcado cerca de aquí —sugirió la chica.


Cuando llegaron a su casa, la madre y el hermano de la muchacha, estaban montando el Árbol de Navidad y colocando a Papá Noel en sitio preferente dentro del salón.

El nuevo conocido de la chica, amablemente se ofreció a ayudarles en cuanto ella buscaba ilusionada la copia del currículo pensando que posiblemente esto le abriría las puertas del mercado laboral.

Mientras tanto el chico cada vez que colocaba una bola en él árbol pensaba en la rentabilidad carnal que podría proporcionarle aquel inesperado encuentro.

 

 Habían pasado algunos días de aquel acercamiento cuando sonó el teléfono de Rafa. Por el tono del mismo sabía quién le estaba llamando.

—¡Sí, dime Lolo!

—Oye, tengo un encargo para ti.

—¿De qué se trata?

—Vete preparando porque tendrás que ir a una fiesta. El capo quiere un tío como tú, con mucha labia, para introducir en la discoteca Privilege, los nuevos estupefacientes de diseño entre el colectivo gay.  

—Joder, esa gente no me mola. Cuando se toman unas copas de más o unas pastillas son capaces de meterte mano. Y ya sabes cómo terminamos todos en Comisaria la última vez que estuvimos en un sarao con esa gentuza.

—Pues ya sabes que al jefe no le gustan los tránsfugas.  Así que lo tomas o lo dejas. ¡Pero después no te lamentes si no tienes un céntimo en el bolsillo! Y vas a tener que lamerle el culo a cualquiera de esos maricones que tan poco te gustan.

—¿Y cuándo será esa velada?  

—El próximo sábado.

—Me viene bien. Así tendré libre el domingo. Estoy urdiendo un plan cojonudo con una piba que me encantaría llevarla al huerto. ¿Dónde nos podemos encontrar para que me pases el alijo? 

—Pásate esta tarde por el pub: “The Chandos Arms” y te daré instrucciones.

—¡Oye! ¿Y cuánta pasta ganaré?   

—Si se coloca toda la mercancía, te podrás ganar unos cinco mil pavos. ¡Nada mal para una noche! Y encima podrás divertirte como un enano…¡Ah! ¡Se me olvidaba! Tienes que llevar un antifaz, es la única prenda obligatoria, que piden, para asistir al evento.

—¿Y cómo vamos a meter la droga en el local?

—Bueno, los guardias de seguridad que son de nuestra total confianza, y que te presentaré cuando vayamos al pub, la tendrán custodiada y te dejarán entrar con una riñonera para que durante la fiesta puedas portarla y distribuirla.

—¡Vale! Nos vemos entonces.

—¡Hasta luego!

Apenas acabó la conversación con Lolo; Rafa decidió seguir con su plan y llamó a la chica:  

—Hola Elena, soy Rafa, te llamo para decirte que ya tiene en sus manos tu currículum el Jefe de Personal. Además ya se ha firmado el contrato entre mi Empresa, la Promotora de la Urbanización y los dueños del terreno.

—¡Que buena noticia!

—Sí, por supuesto. ¿Qué te parece si nos vemos el domingo y te doy más detalles?  ¡Oye! Tengo una entrada de cine reservada para ti; no me la irás a despreciar ¿verdad?

—Bueno, pero quiero que me cuentes que le ha parecido mi currículum.   

—Ha echado en falta que no tengas experiencia anterior, pero como me llevo muy bien con él, he insistido haciéndole ver tu buen expediente académico y las prácticas que hiciste en la Constructora de Florentino Pérez. ¡Seguro que te tendrá en cuenta en el proceso de selección! ¿Nos vemos, entonces, a las seis en la puerta del Multicine Yelmo? 

—¡Vale!

Apenas Rafa ha apagado su móvil, le asalta nuevamente el deseo lujurioso del próximo encuentro con la chica, a la que deberá engatusar para conseguir nuevos encuentros, estirando al máximo la expectativa de la chica de conseguir ese trabajo tan deseado.

A media noche se abrieron las puertas del local donde el público impaciente se agolpaba para entrar a la macro discoteca.

Hacía apenas un par de horas que se había iniciado la celebración y algunos participantes ya estaban actuando como si aquella fuera la última noche que habrían de vivir.

Rafa circulaba a sus anchas por todas las pistas de baile trapicheando con sus diferentes alucinógenos de nueva generación. Las ventas iban viento en popa y ya se estaba imaginando el festín que se daría al día siguiente con su presunta nueva víctima.

La juerga continuaba….La música resonaba por todos los rincones del local, y el alcohol corría a raudales. Los “DJS” se esmeraban en la programación de las músicas más cañeras del momento. El sonido reguetón inundaba los sentidos de los bailarines cuyos cerebros se veían golpeados por la vibración de los bafles y por los efectos, que generaban un deseo sexual intenso, de las drogas que habían consumido. 

De repente la música dejó de sonar. Desde la megafonía del local avisaron:

—¡Por favor!¡Presten atención, no se alarmen! ¡Mantengan la calma! ¡No hay ningún problema de atentado ni emergencia! Por motivos de sobreocupación del local la policía va a proceder al desalojo de la Discoteca preventivamente, para evitar posibles tumultos como los que ocurrieron en la pasada fiesta de Halloween.

A la salida, la policía apostada en cada puerta, estaba muy atenta a que todos los asistentes, a la salida, se hubieran despojado de sus máscaras.  

Aquella tarde de domingo Elena aguardaba con ilusión el encuentro con Rafa, ignorante de que el chico había sido detenido por la Brigada de Estupefacientes. El chivatazo anónimo de un mafioso de una banda rival de la de Lolo, había dado pelos y señales del camello que estaba vendiendo la droga en el local. 

…Habían pasado varios días desde el fallido encuentro en el cine. Desencantada de la espera Elena decide ponerse en contacto con la “Empresa Constructora Levanta”:

—Por favor, quisiera hablar con Rafael Ibáñez del Departamento Financiero.

—Un momento por favor; déjeme hacer una comprobación.

…Pasados unos minutos interminables; la voz de la recepcionista le comunicó:

—Lo siento señorita, el señor Rafael Ibáñez nunca ha trabajado en esta empresa.

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jueves, 26 de enero de 2017


Visita anhelada

Se giró al escuchar el grito de una mujer. Esta seguía lentamente a la muchedumbre por la galería de Los Mapas en el Museo Vaticano.

El hombre no consiguió sujetarla a tiempo cuando percibió en su rostro una lividez inusual, propia de una lipotimia.

La mujer no llegó a desplomarse totalmente debido a la cantidad de gente que la rodeaba. Su cuerpo se apoyó inconsciente en el hombro de una chica… 

Aquella mañana no había comenzado muy bien para el reducido grupo de turistas apostados en la puerta de una Agencia de Turismo próxima a la Plaza de San Pedro.

La persona responsable les comunicó que la guía de habla española se encontraba indispuesta.

Pasaron unos minutos interminables. Entonces, para ganar tiempo, un empleado del establecimiento decidió llevarles caminando hasta la entrada del Museo, donde deberían esperar la llegada de otro cicerone.

La temperatura era gélida y el viento racheado les azotaba los rostros, única parte visible de sus cuerpos bien protegidos con chaquetones y capuchas.

Los telediarios matutinos, habían dado la noticia estremecedora de la muerte, en las calles de Roma, de ocho indigentes debido al frio polar que azotaba los países europeos.

De camino hacia la pinacoteca, el grupo observaba con asombro la multitud de personas haciendo, por su cuenta, largas colas para adquirir las entradas.

Llegados al punto de encuentro, vieron con estupor como el intérprete tampoco aparecía por ningún lado. Allí parados el frio se hacía sentir con intensidad. Ni los guantes conseguían impedir el entumecimiento de los dedos.

Durante aquel tiempo de receso los turistas tuvieron oportunidad de conocer, al menos, la procedencia de cada uno.

—¿Y vosotros, de dónde sois? —Preguntó un joven con fuerte acento catalán.

—Nosotros venimos de Brasil   —respondió el acompañante de una chica atractiva.

—¿Y cómo estáis con un grupo de habla hispánica?

—Com las prisas no temos podido encontrar una Agencia que tuviera un guía que hablara portugués. Yo no hablo inglés ni italiano; pero mi marido si entiende el español y ya me explicará lo más interesante  —les aclaró la chica de apariencia retraída.

—¡Pues nosotros somos de Méjico!  —Dijo en tono alegre un señor, alrededor del cual dos jóvenes muchachas sonreían.

—Nos hemos quedado un día más en Roma y cancelar nuestro vuelo de vuelta, con el consiguiente perjuicio económico. Pero no nos perderíamos, por nada del mundo, la visita a la Capilla Sixtina —argumentó su señora que vestía un vistoso “quechquémel”.

—Pues nosotros venimos de Madrid. Ya hemos visto la Basílica de San Pedro, el día de Reyes, pero no pudimos comprar el billete para el Museo y la Capilla, porque ambos estuvieron cerrados —dijo participando en la conversación un señor de mediana edad, acompañado de su mujer y su hija.

A seguir el señor se dirigió al joven brasileño:

—¿De qué ciudad venís?

—De Sao Paulo  —contestaron casi al unísono la joven pareja.

—¡Que coincidencia! Nosotros hemos vivido en Sao Paulo, y mi hija ha nacido allí —comentó el señor visiblemente satisfecho por la noticia.

—Mi padre es italiano. Também emigró para Brasil en el año 1950. Yo tengo un hermano que vive en Roma, es por eso que estamos aquí de visita  —agregó el joven.

—¡Qué bien! Así matáis dos pájaros de un tiro. Visitáis a la familia y aprovecháis para ver estas maravillas —remarcó el chico  catalán. 

En la puerta de entrada al Museo se arremolinaban los que ya tenían el ingreso y los que tenían que adquirirlo, formando un conglomerado humano donde era difícil distinguir al monitor de cada grupo.

Por fin, después de una larga espera, llegó el guía llamado de otra Agencia turística, este traía tras de sí a un nutrido grupo de visitantes. Para más “inri” no llevaba ningún banderín, floripondio o distintivo para hacerlo visible entre tantísima gente.

—¡Buenos días!  —saludó a los congregados—  Mi nombre es Máximo y soy el lazarillo que les acompañará. ¡Síganme, por favor!

El grupo entonces avanzó lentamente por entre las vallas de protección hasta llegar al portal del Museo. En el vestíbulo, le suministraron radioguía con auriculares para poder escuchar las explicaciones del monitor en el idioma pertinente.

El acceso a la Galería Pio Clementino se hizo difícil entre aquella multitud, y más complicado fue seguir al orientador y escuchar sus comentarios.

A veces fue preferible para algunos de los turistas no recrearse en la visión de alguna obra de arte, con tal de no perder de vista al responsable del grupo.  

A duras penas consiguieron llegar hasta el Apolo de Belbedere y hacerse alguna foto para el recuerdo.

Más adelante el monitor advirtió:

—A vuestra izquierda podréis ver el Grupo Escultórico de Laocoonte y sus hijos. Una obra descubierta en 1506 en la Colina de Esquilino. Realizada en mármol blanco por Agesandro, Polidoro y Atenodoro…

La masa humana se agolpaba ante la puerta, no muy ancha, de acceso a las estancias de Rafael. Allí estaban todos completamente parados.

Fue entonces cuando el cicerone les comunicó al grupo que lideraba:

—A causa de los preparativos necesarios para celebrar la Misa que el Papa oficiará mañana, para conmemorar el Bautismo de Jesús, siento comunicarles que la Capilla Sixtina acaba de cerrar sus puertas para las visitas.

En ese momento se escuchó en la Galería el grito desgarrador de una señora vestida con un “quechquémel”, que caía desvanecida en los brazos de su hija.

Una vez que la señora fue atendida por los servicios médicos del Museo, el grupo de turistas que se sintió visiblemente perjudicado, se puso de acuerdo para reclamar a la Agencia de Turismo la devolución del importe del tour contratado con ellos.

Después de una acalorada discusión, consiguieron que les fuera devuelta una parte del importe pagado.

La cantidad de la entrada fijada por el Museo no les fue reembolsada, a pesar de no haber podido completar la visita.

Al día siguiente, después de la misa en la Capilla Sixtina, durante la celebración del Ángelus, el Papa dijo literalmente:

«En estos días de tanto frío, pienso y les invito a pensar en todas las personas que viven por la calle, golpeadas por el frío y tantas veces por la indiferencia. Entretanto algunos no lograron sobrevivir. Recemos por ellos y pidamos al Señor que nos caliente el corazón para poder ayudarlos».

Mientras tanto la gallina de los huevos de oro del Museo Vaticano, continúa dando cuantiosos beneficios a las arcas del Banco Ambrosiano.

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domingo, 15 de enero de 2017

Tenacidad y heroísmo
             

En las reuniones familiares los hombres solemos hablar de las peripecias vividas durante nuestra etapa de soldado. Entonces me llegan recuerdos del servicio militar obligatorio que hice en el Sahara Español.

Mis compañeros de Arma y yo sufrimos los ataques del Frente Polisario, que atentaban contra los yacimientos de fosfato y las instalaciones de empresas españolas.  
En el año 1975, el rey de Marruecos, Hassan II, ordenó la invasión de aquellos territorios.
  
Mientras sucedía el desplazamiento de los integrantes de la “marcha verde” por el desierto, la administración española organizaba la Operación Golondrina, destinada a evacuar a los habitantes de aquella colonia entre los que, por mi situación militar, me encontraba.

Nuestra retirada dejó el campo libre al ejército marroquí que inició una táctica de tierra arrasada contra la población saharaui, incluyendo saqueos de sus hogares y envenenamiento de los pozos de agua.

Millares de mujeres, hombres y niños tuvieron que huir a través del desierto para refugiarse en Argelia.

Han pasado muchos años de aquellos desgraciados acontecimientos.

Desde entonces los saharauis viven en el desierto argelino, en la Hamada de Tinduf, una de las zonas más inhóspitas del mundo, donde no hay apenas electricidad y el agua potable la suministran por medio de camiones cisternas.

Un día, el grupo de amigos que allí estuvimos haciendo la mili, decidimos volver a aquellas tierras para encontrarnos con la realidad del pueblo saharahui y llevarles nuestra ayuda solidaria.

Nos reunimos con Brahím, jefe del consejo local, con Nasrat y Mansur en el campamento de Smara, donde quedamos asombrados de ver cómo habían conseguido sobrevivir en medio de aquel desierto estéril.

Nos recibieron hablando un castellano perfecto. Esperábamos que, después de nuestra salida de aquella colonia y de que hubiesen perdido la nacionalidad española, hablaran la lengua árabe o su dialecto llamado hasanía.

Al abrazarnos afloraron nuestros sentimientos más profundos y les pedimos sinceras disculpas por haberles abandonado a su suerte ante el avance de las tropas marroquíes.


—Ya veis, aquí la vida transcurre en la “haima” y el tiempo pasa lentamente soportando altísimas temperaturas, que contrastan con las lluvias torrenciales que a veces inundan nuestro campamento   —nos explicó el profesor Mansur.

—¡Cómo sentimos esta interminable situación que estáis atravesando! —dije bastante apenado.

—¡No merece la pena reabrir heridas! ¡Cuán equivocados estábamos los que pensábamos que hostigándoos conseguiríamos la independencia de nuestro pueblo! —dijo Mansur, tratando de suavizar la tensión.

—Os estamos muy agradecidos por la ayuda que desde España nos suministráis; pero no queremos vivir de las ayudas, sino de lo que produce nuestra tierra    — apostilló Brahim visiblemente emocionado.

—¡Tenemos una deuda moral con vosotros! Pero qué entereza demostráis llevando adelante, sin recursos, la escolarización de vuestros niños   —comentó nuestro compañero Fabián.

—Aunque desgraciadamente,  —recordó Mansur—  nuestros hijos tienen que abandonar la escuela al terminar el ciclo medio, y marcharse para continuar sus estudios en España, Cuba o Argelia. Muchos de los que aquí están trabajando tienen estudios superiores y ayudan a la comunidad en materia educativa y sanitaria.

—Sí, no podemos olvidarnos de que muchas de nuestras mujeres sufren de anemia y un tercio de los niños de desnutrición crónica   —apostilló el doctor Nasrat.

—De cualquier manera tiene un mérito extraordinario que hayáis podido construir, en medio de la nada, los pilares básicos de un Estado, Brahím  —insistí tratando de estimularles.

—Eso lo tenemos que agradecer a nuestras mujeres; ellas levantaron estos asentamientos y crearon su estructura administrativa mientras los hombres luchábamos contra las tropas marroquíes   — nos aclaró él orgulloso.

—Pero la lucha continúa  —exclamó Mansur—  ,mañana iremos a un desfile para reivindicar nuestro derecho de autodeterminación.

Al día siguiente, emplazados delante de la alambrada que separa el campo de refugiados del territorio ocupado, coreábamos las consignas en favor de la independencia.

Los ánimos se caldearon y un grupo de jóvenes arrancó parte de la valla, por donde penetraron en el suelo de su patria.

Brahím, brazos en alto, delante de la alambrada rota trataba de detener a aquella multitud enardecida. Un disparo le segó la vida al tiempo que una mina estallaba, arrancándole las piernas a un chaval de diecinueve años que había traspasado la barrera.
               
Todos huimos de allí despavoridos. Al anochecer cesaron los disparos y conseguimos recoger el cuerpo sin vida de Brahím. En sus manos, sostenía una revista donde podían leerse los versos del poeta Bahia Awah que comienza así:
Yo tengo un sueño. ¡Ese día de paz! (…)

El gobierno marroquí emitió un comunicado oficial afirmando que se habían efectuado disparos contra los militares, y que estos habían respondido convenientemente contra los manifestantes.


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jueves, 1 de diciembre de 2016

Pecados de juventud
“Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte. Recuerdo como mi nieto, Damián, se las hizo pasar canutas a aquel chico.
Damián no tenía recuerdos de su padre ya que murió soterrado en una mina de León poco después que él naciera, allá por el año 1918. Desde muy niño fue pastor de ovejas y me acompañó durante años por la sierra de Gredos y los campos de Castilla.
Durante la trashumancia solíamos entrar en los pueblos del camino, donde nos deteníamos apenas el tiempo necesario para que el rebaño bebiera en el abrevadero de la plaza”.
“Aquella tarde en Candeleda, a la salida del colegio, lo vimos acercarse a la fuente del Castillo llevando detrás a casi todas las chicas del pueblo. Pero él no advirtió que su doble estuviera tan cerca.
Me sorprendió el parecido tan grande que tenía con Damián.
En ese momento pensé: «¿Será que mi hijo estuvo por aquí haciendo de las suyas?»
—Abuelo, ¿Por qué ese muchacho está bien vestido y calzado y nosotros andamos por el campo con unas alpargatas?  —preguntó—  ¿Por qué él puede ir al colegio y yo tengo que andar cuidando del ganado y de nuestro perro Yago?  —Continuó diciéndome bastante abatido.
No pude responderle. ¡Se me quebró el corazón! «¿Qué adelantaría decirle que las reformas que había prometido el Gobierno de la República estaban siendo sistemáticamente boicoteadas y no llegaban  a las clases más pobres de nuestra tierra?»
Durante el trayecto de regreso al aprisco, no paró de darle vueltas en su cabeza a la escena que habíamos presenciado en la plaza del pueblo.
—¡No es justo! —repetía.—  Todos los jóvenes teníamos que tener derecho a ir a la escuela, a vivir en una casa y a tener ropa decente que ponernos”.
“Aquel duro invierno de 1934, nos quedamos alojados en la majada de Poyales del Hoyo.
Damián había tomado la decisión de bajar cada día a Arenas de San Pedro para acudir a la Casa del Pueblo, donde se afilió al Partido Socialista y allí le enseñaron a leer y escribir.
Con el paso del tiempo supimos que aquel chico se llamaba Roberto y era hijo único del mayor terrateniente de aquel pueblo del valle del Tiétar en la provincia de Ávila”.
“En aquellos años las diversiones de los jóvenes pudientes de Candeleda, aparte de ir al cine, eran: jugar al futbol en invierno y bañarse en verano en el rio Garganta de Santa María. Actividades que Roberto tenía prohibidas por sus padres.
Por eso, en esas ocasiones, nunca estaba con el grupo. Entonces mi nieto se dejaba ver a propósito, y les quitaba la ropa a los que estaban jugando, que presentían era una broma que les había gastado su amigo y continuaban despreocupados dándole patadas al balón.
Pero si estaban bañándose, la cosa era diferente; la burla les obligaba a volver a sus casas en paños menores, siendo el hazmerreír de todos los vecinos.
Cómo era lógico las broncas que le echaban sus amigos por semejantes barrabasadas eran grandes y a veces le dejaban alguna que otra marca en la cara.
Roberto intentaba explicarles que no tenía nada que ver con aquellas fechorías, pero ninguno le creía”.
“…Llegó septiembre de 1935. Damián se arregló con las mejores ropas que les había quitado a los muchachos del pueblo y se calzó unos bonitos zapatos que le venían que ni pintado.
Aquella noche bajó a Candeleda y se incorporó a las fiestas de la Virgen de Chilla. Allí, en la plaza mayor, todos estaban bailando al son de una pequeña banda. Él se dirigió a la chica más bonita del grupo:
—¿Bailas, muñeca?
—¡A qué viene eso, Roberto! ¿Desde cuándo me llamas muñeca, no sabes mi nombre? ¿O es que el último mamporro de tu padre te ha dejado idiota?
Ni le contestó. La agarró por la cintura y la condujo bailando hasta un rincón apartado de la vista de los demás y le robó un beso que le supo a gloria.
—¿Quién eres tú, que bailas tan mal? —le espetó la chica.
En vez de responderle, Damián la besó nuevamente.
—¡Bailas muy mal!¡Pero besas divinamente! —le dijo entre avergonzada y satisfecha”.
“…Al estallar la guerra civil en el verano de 1936, a pesar de la diferencia social e ideológica que había entre ambos, de las travesuras que Damián le hizo padecer durante años; y aun habiéndole quitado la novia, Roberto le salvó la vida a mi nieto escondiéndolo en la finca de su padre.
Muchas veces me he preguntado a lo largo de estos años:
«¿Sería la llamada de la sangre?»”


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martes, 1 de noviembre de 2016

PALADARES EXQUISITOS


Londres 1870. El “chef” Christian Haggard, poseedor de varios galardones culinarios, tenía el reconocimiento de la alta burguesía londinense, por ello diariamente, su restaurante “Goring Room” ubicado muy próximo al Parlamento Británico se llenaba también de renombrados políticos y comensales aristocráticos.
Su equipo de trabajo lo formaban experimentados cocineros, que el mismo había reclutado de otros afamados fogones tanto del país como de la vecina Francia.
Tenía a su servicio un pequeño grupo de ayudantes aprendices. Pocos chicos eran capaces de soportar la presión del trabajo y el carácter autoritario, rayando en el despotismo, del propietario del local.
Dentro de ese grupo de chavales, uno destacaba por encima de los demás, las tareas que le asignaban, las desarrollaba con soltura y eficacia. Su nombre era Luke muy querido por sus compañeros, dado su carácter afable y servicial. Sentimentalmente le unía un lazo de parentesco con el “chef”. Era hijo de su difunta hermana, a la cual le juró que cuidaría de él hasta que cumpliera la mayoría de edad. Este moraba en el sótano del restaurante donde su tío le tenía asignada una pequeña habitación y un minúsculo baño.
Si alguna vez otro restaurador le pedía algún aprendiz para llevárselo a su empresa, este dejaba ir al menos aventajado del grupo. Pero nunca se desharía de los servicios de Luke.
—Señor Haggard, este guiso está excelente, quiero felicitarle por la innovación que ha introducido añadiéndole ese toque de cúrcuma —le dijo Lord Kingsley cuando este pasaba entre los comensales para saludarlos e interesarse por la buena acogida de sus platos.
—Muy agradecido “my Lord” —respondió el chef al mismo tiempo que pensaba: «Dios mío, tengo que ver quién ha cometido semejante herejía culinaria».
Diariamente, después del cierre del local, este anotaba en un cuaderno de recetas sus notas personales sobre los platos elaborados, que guardaba celosamente bajo llave en su mesa de trabajo.
Pero aquella noche reunió a todos los trabajadores y les inquirió sobre la modificación de uno de sus platos sin su conocimiento. Ninguno de ellos se identificó como el autor. El “chef” maldijo, como era habitual en él, jurando que despediría sin ningún miramiento al que se atreviera a cambiar alguna de sus creaciones.
Después de aquella llamada de atención a su personal, el chef repitió la fórmula del guiso añadiéndole ese toque de cúrcuma que el ilustre comensal tanto había elogiado. El resultado a su paladar fue indescriptible, cambiando su opinión de “herejía culinaria” de forma inmediata a “condumio divino”.
Se aproximaba la fecha de la visita del Comité Gastronómico. Cada año dicho Comité valoraba los más afamados restaurantes y premiaba al mejor de la ciudad otorgándole el galardón y la medalla correspondiente.
…Aquel día había nervios y correrías en la cocina bajo su enérgica supervisión. Los cocineros preparaban las carnes y salsas, con la inestimable ayuda de los aprendices que les suministraban solícitos las especies y yerbas aromáticas que estos le pedían. Como siempre, era Luke el más solicitado por los maestros cocineros que además le permitían elaborar el majado, por el punto exacto y la textura que conseguía.
—Señor Haggard, sin duda el aroma de su “chutney the appel” añadido a ese sabor increíble de eneldos y jengibre, hacen de él una creación inigualable. Sin duda lo propondremos para ganar el primer premio de alta gastronomía —le dijo lleno de satisfacción el presidente del Comité.
Un ataque contenido de ira le hizo subir la sangre a la cabeza. Intentando no desconcentrarse del momento, agradeció los elogios:
—Muy honrado por su consideración, señor Presidente. Aguardaré expectante el resultado final de la votación —dijo; mientras tanto pensaba: «Quién será ese hijo de puta, que jode mis creaciones pero las supera con creces. ¡Tengo que acabar con él!».
Indignado espetó al cocinero que preparó aquel plato seleccionado por el Comité. Este le juró por su honor que nunca le traicionaría. Entonces indagó sobre quien le había ayudado a preparar la salsa de aquel plato.
Como castigo a su mal proceder el tío golpeó con saña a su sobrino. Posteriormente lo mantuvo durante algún tiempo encerrado y privado, la mayoría de los días, de alimentación, hasta que pudo deshacerse de él con la ayuda de unos vagabundo, a los que pagó, para que lo arrojaran al rio Támesis.
Cuando sus compañeros y amigos preguntaban por Luke; el tío respondía:
—Lo he mandado a París, para que siga aprendiendo, pues tiene un potencial increíble para la cocina.


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martes, 6 de septiembre de 2016


Mis primeros pasos por el mundo  (3)                                                                           

 

Escenas de películas como “La cadena invisible” con Elhizabet Taylor adolescente, “Gascón el zurdo”,  ”Beau Geste”, “Murieron con las botas puestas” con Errol Flint,  o  “La vida secreta de Walter Smits” con Danny Kelly, se cuelan en mi cabeza haciéndome recordar aquellos alegres años infantiles.   

Cosas típicas de la ciudad y que prácticamente han desaparecido son los puestos de chumbos que frescos y pelados para evitar las espinas, te ofrecían los vendedores pregonando su mercancía diciendo “chumbos gordos y reondos”.

Otra figura desaparecida pero no olvidada, por causa del monumento que hay cercano al puerto, es la del “cenachero”, cuando este pasaba voceando por las calles el rico pescado que llevaba en unos capachos que colgaba con garbo de sus brazos en jarra, para soportar el peso de la mercancía que pregonaba.

Personajes conocidos de aquellos tiempos en la ciudad, me vienen a la memoria, como Mariquilla “la loca”, que nos corría por las calles cuando perversamente nos metíamos con ella. O el “puto Pedro” un pobre hombre pacífico, sin muchas luces, con un hatillo bajo el brazo, que a todo lo que se moviera o no, le anteponía la palabra puto o puta, según fuera masculino o femenino. Ambos vivían de la caridad pública.

Recuerdo al sujeto un poco “ido de la olla”, filósofo callejero no exento de chispa y gracia, de nombre Matías que según los comentarios de la gente, antes cuando cuerdo, había sido oficial de la Legión y compañero de Millán Astray (General, fundador de dicho cuerpo militar), y que ahora encaramado en cualquier lugar un poco prominente de la calle o plaza donde se encontrara, arengaba a los viandantes que se congregaban, para escuchar sus hilarantes discursos que siempre terminaba dando un fuerte zapatazo en el suelo y diciendo: ¡Señores,  y dice Matías!

Me viene a la memoria uno de sus ocurrentes chistes que decía así: ¡Si alguna vez te compras una bicicleta, que sea de la marca BH; por si por H o por B, la tienes que vender!

También había en la ciudad un cura muy famoso conocido como el “Padre Potaje”, que muchos lo nombrábamos en forma despectiva, cuando en realidad este buen hombre llevaba adelante un comedor social en una época tan difícil y de tanta miseria, como lo fue, la post guerra civil española y el bloqueo internacional que sufría el País, por causa de la dictadura franquista.

Me acuerdo de la Plaza de la Merced, próxima a mi casa, repleta de hojas y bolas peludas que caían en otoño de los plataneros que allí hay, y donde aprendí a montar y esquivar los bancos de la plaza en la bicicleta de mi inseparable amigo y vecino.

En esa misma plaza en uno de sus edificios, había nacido Pablo Ruiz Picasso, y en ella sin duda aprendió a pintar las palomas que por cientos revuelan por allí.

A esa plaza de forma cuadrangular y un poco elevada, con relación al nivel de las calles adyacentes, se accede subiendo; uno, dos o tres escalones, desde cada una de las calles que la circundan. Está cercada  por un pretil que sirve de asiento, además de tener una  barandilla de hierro forjada, que cubre todo el perímetro y que se puede utilizar como respaldo. En el centro de esta plaza y rodeado de bancos de mármol y plataneros, hay un obelisco a la memoria del General Torrijos, hombre liberal y tenaz luchador contra el absolutismo del rey Fernando VII, y a sus compañeros que fueron fusilados el día 11 de Diciembre de 1831 en la playa de San Andrés, en Málaga. Hasta hoy, me resulta extraño, como pudo sobrevivir a la Dictadura franquista un monumento como éste, a alguien que defendiera la constitución y la libertad, hasta la muerte.

Ya lo canta la copla que dice así: “Si Torrijos murió fusilado, no murió por vil ni traidor, que murió con la espada en la mano, defendiendo la Constitución”. Cuando aquel régimen franquista, había hecho justamente lo contrario, aboliéndola y suprimiendo la libertad de todos los españoles.

Hay en el Museo del Prado, un imponente cuadro de 6 x 3,90 metros  que recoge este momento histórico del fusilamiento. Cuadro que fue pintado por Antonio Gisbert en 1888. Una réplica de este cuadro en papel couchet, de dimensiones tamaño A3, estuvo durante mucho tiempo doblado y medio escondido, no sé por qué, en un armario de mi casa.                                                                                                  

Los chicos de la Parroquia de Santiago, también jugábamos dentro de la Iglesia de “La Merced”, fundada por los padres mercedarios en 1507. Estaba derruida pero no abandonada. Aún conservaba sus paredes y la fachada delantera, así como las escalinatas de mármol de la entrada principal y las rejas forjadas que cerraban todo el espacio frontal.

Lo que quedaba del Templo lo vigilaba un guarda privado, pues allí habían sido construidos posteriormente, donde era la sacristía, algunos despachos de los cuales desconozco la finalidad que pudieran tener. Este hombre cuidaba de la propiedad junto con su perro pastor llamado Nerki, al que le daba tres palizas diarias para amansarlo, pues decía que era muy agresivo. Sin duda este señor era más animal que el perro.

Aquella Iglesia de La Merced estaba en ruinas debido a un incendio acaecido en los disturbios populares de mayo de 1931, sin la techumbre, y sin ningún tipo de mobiliario, ni altares, ni imágenes. Allí en la nave central, retirados hacía tiempo los escombros, disputábamos sendos partidos, como si fueran de futbol sala, los chiquillos de la parroquia. Más tarde sería utilizada como cine de verano. 

Actualmente en el solar que ocupaba la Iglesia, hay un moderno edificio de viviendas.

También me veo asistiendo a más de una corrida de toros en la Plaza de “La Malagueta”  junto con mi padre, que era un buen aficionado. Después de la corrida, yo solía “fardar” delante de mis amigos del barrio, dando detalles de la faena y de que tal o cual torero lo había  hecho mejor, sin duda influenciado por los comentarios que mi padre hacía con sus amigos que también habían ido a ver la corrida junto con nosotros. Por aquellos años eran famosos, los diestros Manolete, el mejicano Carlos Arruza, El niño de la Palma, Pepín Martin Vázquez, Domingo Ortega, Antonio Ordoñez, Luis Miguel Dominguín y Antonio Bienvenida entre otros.

Vagamente me veo viendo los peces de un acuario que había abierto al público en el Paseo de la Farola cerca de la Comandancia de Marina y que hace muchos años dejó de funcionar. También cerca del puerto, en la calle Córdoba había una piscina de grandes dimensiones con unas barquillas motorizadas donde alguna vez me subí junto con alguno de mis hermanos.

Otra atracción que me sobrecogía por el estruendo del ruido del motor, era una especie de circo de alta pared circular, donde por ella se deslizaba subiendo, bajando y dando vueltas sin parar la moto y el motorista. La vibración de las tablas al paso rápido del vehículo, aliado al estridente ruido salido de su escape libre, me cogía un pellizco en el estómago, que lejos de divertirme me amedrentaba.   

Después de mi expulsión de aquel buen colegio privado, comentado en un relato anterior, mis padres decidieron ponerme en otro pequeño próximo a mi casa, para que el “maestro”, Don Juan Mirabet, hiciera carrera de mí. Recuerdo la celebración casi “mística” que este hombre hacía en el Día del Libro, cuando nos reunía a todos los alumnos y nos enseñaba un precioso tomo de bella portada, que era además una caja de música y nos la hacía escuchar con profundo respeto.

En aquello años se celebraban durante las fiestas, carreras de motos en un circuito improvisado y sin ninguna seguridad, para los espectadores ni para los motoristas, en el parque de la ciudad.

El peligro de que se salieran del circuito era una constante y al no haber ni fardos de paja en las curvas para atenuar un posible choque, acrecentando aún más el peligro para los espectadores.

A mí las carreras que más me gustaban eran de sidecar, cuando el copiloto se vencía hacia un lado u otro de la moto, dependiendo que la curva fuera a la izquierda o a la derecha, para ayudar al piloto a tomar la curva debidamente.
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