jueves, 15 de marzo de 2018


Volver a las corralas                            (15/07/14)                                                  

Autor  Vespasiano

Cuando era pequeño, en plena post guerra civil y posteriormente en aquellos años del bloqueo internacional; del hambre y del racionamiento, yo entraba en aquellos guetos llamados “corralones”.

Mi tío, maestro de obras, dedicado a la restauración y reformas de casas y edificios, con el paso del tiempo había comprado algunas de estas propiedades que estaban en muy malas condiciones de habitabilidad y donde vivían un sinfín de familias. Cada una de estas vivía en apenas una habitación que también comportaba la cocina.

Los inquilinos tenían en el patio interior del edificio en cuestión apenas un retrete para uso comunitario. También había en ese patio unos lebrillos para uso de todos los vecinos para hacer la colada; vecinos que tenían que turnarse, dando muchas veces lugar a disputas entre ellos por el mal uso de los mismos o por abusos. 

Este tío mío, siempre hablaba mal de los inquilinos que continuamente le demandaban arreglos en las viviendas o desatascos, reclamando que las rentas que recibía por estos alquileres no cubría los gastos que suponían tales arreglos.

Subirles la renta que pagaban era una misión imposible, pues aparte que en aquellos años el trabajo era escaso y precario y los salarios eran miserables para este colectivo que mal vivía, el gobierno protegía y mantenía sin aumentos los alquileres antiguos.

El objetivo de este tío mío era conseguir que poco a poco estos inquilinos se fueran marchando para después construir en el solar algunas viviendas decentes para venderlas.

Esta tarea era lenta y difícil de conseguir pues las gentes que vivían en esas habitaciones estaban allí porque sus ingresos no le permitían acceder a otro tipo de viviendas con mejores condiciones de higiene y comodidad.

Pasaron algunos años para que la gente humilde consiguiera tener una vivienda. Primero fueron las viviendas protegidas que el gobierno de la época construyó para distribuirlas principalmente entre la gente afín al régimen y para los militares.

 

Posteriormente por causa de la emigración que muchísimo españoles emprendieron allá por los años cincuenta y sesenta y gracias al envío de divisas desde el país donde cada uno de ellos se fue a trabajar, la compra de viviendas se fue haciendo posible. Posteriormente se crearon cooperativas que gracias al capital aportado por cada uno de los socios iniciaron la construcción de nuevas viviendas haciendo posible el acceso a ellas por parte de las clases trabajadoras que poco a poco iban consiguiendo mejores salarios, principalmente los trabajadores de la construcción gracias al trabajo a destajo.

La vida continuaba, habían pasado más de treinta años desde entonces, y el trabajador podía comprar un piso, pues el importe de las letras que había que pagar por él, podían ser descontadas del sueldo que éste ganaba sin grave perjuicio para su economía, teniendo en cuenta que sin casa propia tenían que pagar el alquiler de un piso y estos eran caros y escaseaban. El tener un contrato indefinido le daba al trabajador la seguridad de poder embarcarse en esa aventura de tener una vivienda en propiedad.

A conseguir este logro ayudó la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, que en muchos casos hacía posible el pago de estas letras gracias al sueldo que ambos conyugues aportaban a la unidad familiar.

Con el paso de los años y el advenimiento de la Democracia nuestro país había ido creciendo tornándose una nación puntera, los trabajadores habían conseguido, a través de los sindicatos, tener una fuerza colectiva que tenía peso para negociar ante los empresarios, condiciones más favorables de sueldo y de jornadas laborales. Así se fueron consiguiendo por medio de los convenios colectivos de los diferentes gremios, aumentos anuales de los salarios para contrarrestar el aumento del coste de la vida.

Después, por el año dos mil y sucesivos la burbuja inmobiliaria llega a su auge, los constructores ávido de ganar dinero, junto con los bancos, dan las máximas ventajas a los posibles compradores que teniendo un trabajo se lanzan a la compra de un inmueble, pues esta operación es más rentable que pagar un alquiler y de alguna manera supone un ahorro para ellos.

Pero hay otro empresariado que no gana tanto dinero o no está enriqueciéndose a la misma velocidad ni en la misma proporción que estos ávidos constructores.

Este empresariado ve que año tras año los trabajadores, debido a los convenios colectivos, van consiguiendo mejoras salariales y beneficios sociales que ellos tienen que sufragar en parte; como son las cotizaciones a la Seguridad Social: el Fondo de Garantía; el Seguro Desempleo; las indemnizaciones por despido, etc.

En los últimos años los salarios más comunes de la inmensa mayoría se acercaban a los mil euros, y con ello era difícil hacer frente al pago de una hipoteca y todos los impuestos que esto conlleva, además de hacer frente a los gastos de alimentación, vestuario, educación etc. Muchas parejas jóvenes podían conseguirlo aportando el salario de ambos. Así que muchos se embarcaron en esta aventura de hipotecarse para el resto de sus vidas.   

Pero la clase empresarial tenía como objetivo principal acabar con estos privilegios y con el estado de bienestar. Primeramente había que aparcar los convenios colectivos; había que eliminar las pagas extraordinarias en los nuevos contratos y conseguir que los despidos fueran libres, o disminuir las indemnizaciones por este concepto a los que ya tenían contratos indefinidos; había que quitarle fuerza al trabajador, había que desmantelar los sindicatos desacreditándolos, (aunque estos han puesto mucho de su parte para desacreditarse a sí mismo). Había que aprovechar la coyuntura de la crisis global, provocada por los bancos y por los mercados, despidiendo con la excusa de la crisis al mayor número posible de trabajadores, así podrían contratar por menos precio a todos los que necesitaran conforme se fuera reactivando la economía.

Con la cantinela de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y que había que reducir la deuda pública, se despedían a funcionarios, se recortaban recursos y prestaciones para la ciudadanía, se bajaban los salarios.

Muchos de los jóvenes afectados por la crisis tenían que abandonar su proyecto de independizarse, quedándose a vivir en la casa de sus padres.

Aquellos que habían perdido su trabajo han tenido que renunciar a su vivienda al no poder hacer frente al pago de las letras. Algunos han vuelto a vivir con su pareja y con sus hijos en el hogar familiar.

En familias donde hay más hermanos la situación en la vivienda ahora es parecida a la que vivían aquellos inquilinos de las corralas.

En muchos casos la paga del patriarca ya aposentado, tiene que sufragar los gastos de toda la familia que ha crecido.  

La situación que se vivía en los años que cito al principio de este relato era muy diferente a la actual, se venía de una guerra civil y de miseria, el país estaba destrozado, y el colectivo de trabajadores era en su mayoría analfabeto, sin ninguna formación.

Ahora hay muchísima de esta gente que está sin un proyecto de vida independiente, que tiene estudios incluso universitarios o de formación profesional, que se han ganado la vida decentemente durante años y que ahora por causa de la crisis y de la falta de trabajo se ven obligados a aparcar sus ilusiones o a emigrar en busca de un futuro mejor como ya hicieran antaño sus padres o abuelos.

Si esta dura realidad de la emigración no les convence, la salida es volver a vivir con sus padres tornando el hogar familiar en una corrala moderna, donde ahora el retrete está dentro de la vivienda pero para usarlo es necesario guardar cola y los lebrillos han sido sustituidos por la lavadora; rezando para que la misma no se rompa pues el presupuesto familiar no da para comprar una nueva.

Pero cuando nuestros jóvenes, y no tan jóvenes, quieran formar una familia independiente ¿a dónde irán a vivir? ¡Si los sueldos que se van a pagar gracias a las reformas laborales y los mini jobs, serán del orden de setecientos euros! ¡Y el precio del alquiler de un piso ya casi excede esa cantidad!

¿Se conformarán con compartir piso con otras parejas? ¿O vivirán como antaño lo hacían familias de cuatro miembros en una sola habitación alquilada en un piso compartido, con derecho a utilizar la cocina?

¿Hacia dónde caminamos? ¿Qué gobierno honrado puede permitir que esta situación prospere y no dimita avergonzado de su poca sensibilidad e ineficacia?

¿Cómo pueden dar por buena una situación que a la vista está, es tremendamente injusta y antisocial? ¿Cómo pueden estos gobernantes dormir tranquilos?   
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MI PRIMER TRABAJO EN MADRID

Autor   Vespasiano                                         

El viaje desde Málaga lo hicimos en el tren los tres compañeros de la escuela de formación, que teníamos la misma profesión y que habíamos sido contratados para trabajar en aquella fábrica.

Para poder viajar a Madrid tuve que llevar conmigo una autorización de mi madre (tenía tan solo quince años), ya que era normal en la época que la policía pidiera la documentación dentro del tren y durante el trayecto a todos los viajeros.

Llegados a la capital, fuimos a parar a una pensión en la calle San Marcos. A un edificio reformado que anteriormente había sido un famoso burdel conocido como “el cuartel general”.

Por entonces Villaverde era un pequeño pueblo industrial de la periferia de la capital. Allí estaba ubicada la fábrica en la que teníamos que presentarnos al día siguiente, en el edificio principal de la empresa. Aquella mañana mis nervios estaban a flor de piel, pues como era lógico desconocía la rutina del día a día dentro de una fábrica. También sentía curiosidad por conocer la máquina en la que tendría que operar; el tipo de trabajo a realizar y las dificultades que encontraría para alcanzar el nivel que la empresa me exigiría.

Después de la identificación, tuvimos que esperar en el Departamento de Personal, para firmar el contrato. Acabados estos trámites iniciales, fuimos a los vestuarios, donde cambiamos la ropa de calle, por el sufrido mono azul.  

El trabajo que tendría que realizar era muy variado, al tratarse de un taller de utillaje y no de un taller de producción, donde la labor es repetitiva.  

En el taller todas las operaciones tenían que realizarse dentro de un tiempo preestablecido. Este requisito me trajo por la calle de la amargura durante mucho tiempo, ya que no conseguía realizar la tarea en menos tiempo del estipulado y como consecuencia no conseguía ganar ningún dinero en concepto de prima. Solo sacaba el jornal pelado.

El traslado diario de Madrid hasta la planta, lo realizábamos en un tren que partiendo de la estación de Atocha transportaba operarios de las fábricas instaladas en Villaverde Bajo y Getafe. Para viajar en este tren, sin pagar el billete, la empresa nos facilitaba mensualmente una tarjeta individual que teníamos que presentar a cualquier revisor o factor, empleado de Renfe, que lo demandase.

El tren en el que íbamos, para no tener no tenía ni luz ni calefacción, los vagones tenían los asientos de madera pegados a los laterales del vagón y en otra fila central con asientos a ambos lados, donde viajábamos pegaditos unos con otros, arropados para mitigar el frio y el aire que se colaba por las rendijas que había entre el cristal de la ventanilla y el marco de la misma.

Cuando llegó diciembre de mil novecientos cincuenta y siete, con permiso de la empresa, fui a Zaragoza para competir en el Concurso de Aprendices a nivel nacional, para representar a mi Escuela de Formación, ya que había ganado en el mes de junio, el concurso en Andalucía.

Los primeros meses en la empresa pasaron muy deprisa, quizá porque el maestro del taller estaba de baja por enfermedad y por consiguiente no venía a trabajar.

Cuando este hizo acto de presencia , no debía de hacerle mucha gracia, que yo no alcanzara los topes, o no sé que era, pero yo no le caía muy bien.

El control que ejercía sobre mí era exagerado. En una ocasión, trabajando en una fresadora de muy superior potencia a la que yo estaba habituado, y que sí era totalmente automática; al accionar un movimiento de acercamiento rápido de la herramienta hacía la pieza a mecanizar, no controlé bien distancia y velocidad, dando como resultado que la fresa chocara violentamente contra la pieza, provocando la rotura de la herramienta. Ni que decir tiene que el premio fue, dos días suspendido de empleo y sueldo.      

Durante dos años estuve como oficial de tercera y mi máquina durante ese tiempo, fue una pequeña fresadora no totalmente automática que se accionaba desde el motor por medio de una correa de cuero. Solo la mesa o bancada principal tenía la posibilidad de avanzar y retroceder automáticamente. Así que entre los paros por rotura de la correa de cuero; la poca potencia de la máquina; su falta de automatismos y a mí todavía poca experiencia profesional, no conseguía acabar los trabajos antes del tiempo previsto.

Contrastando con esta actitud del maestro del taller, yo recibía toda la ayuda necesaria de mis compañeros de profesión. En más de una ocasión me dieron el material necesario, para repetir el trabajo que había estropeado, por colarme en las medidas de la pieza que siempre eran de una precisión elevada al tratarse de matrices y machos que debían de ajustar perfectamente.

Justo detrás de mi máquina estaba la que operaba el hijo del maestro, que tan malos ratos me hacía pasar. Mi relación con él era muy superficial, limitándome a mantener con él una política de buena vecindad, pero sin llegar a más. Además recuerdo no sin envidia los sábados, día de cobro, cuando este señor oficial de primera, me enseñaba su sobre donde se reflejaba el dinero conseguido como prima, por la ejecución de los trabajos realizados en un tiempo inferior al establecido y por “los puntos” que cobraba por los hijos que tenía.

Nosotros comíamos diariamente dentro de la fábrica, en los comedores que había para uso de los trabajadores.  

Desde el primer momento que pasé por el comedor, una chica de las que preparaban y limpiaban las mesas, muy bonita y quizá un poco mayor de la edad que aparentaba, me gustó mucho. Esto se debía de notar demasiado, porque a partir de aquí los compañeros me ponían en un aprieto achuchándome para que le tirara los tejos a la muchacha, haciendo que me ruborizara en su presencia.

Aunque me gustaba mucho, mucho me costó también en tiempo y coraje, decidirme a pedirle para salir; pero me dio calabazas, ya que ella era mayor que yo, que a la sazón tenía la friolera de quince cándidos añitos.

La comida la teníamos que coger de los mostradores donde estaban expuestas y llevarlas hasta la mesa donde comíamos. Un hecho que pasado el tiempo me llama la atención, era que vendían para consumo durante las comidas, bebidas alcohólicas. Pues choca frontalmente con cualquier concepto de seguridad en el trabajo.

También debo decir que la calidad de la comida me parecía excelente, volviendo a mi memoria las albóndigas y las patatas fritas, que tanto me gustaban.

El precio de la comida era muy barato en comparación con el que pagaba en un restaurante económico de la calle Pelayo, donde acudía diariamente a cenar y los domingos a comer. Casi siempre, en aquel restaurante, las mesas estaban ocupadas pero por entonces era habitual compartir la mesa con otros comensales aunque no los conociera. De esta forma acabé congeniando con algunos de ellos hasta formar un grupo muy unido que pasábamos horas frecuentando una cafetería del entorno, donde jugábamos animadas partidas de dados los fines de semana.

Pasado el tiempo me fijé en otra chica que trabajaba en la empresa, en alguna línea de montaje, no sé cuál, porque yo solo la veía en el tren a la salida del trabajo. Esta chica no era más bonita que la del comedor, pero sí tenía un cuerpo mejor formado que aquella, donde realzaba un bonito trasero y unos pechos no grandes pero que yo imaginaba muy firmes.

Nunca me hizo caso, ni en broma ni en serio, a pesar de haber ido con ella a excursiones por la sierra de Madrid; a guateques; a bailes en salones; a cumpleaños. Pero yo no desistía pues la chica me ponía, pero a ella le debía de poner otro, según confidencias que me hacían sus amigas cuando les pedía que ejercieran de Melibéa, para interceder por mí en su conquista. Así que éste fue mi segundo fracaso amoroso, no me comía ni una rosca, probablemente por mi edad, aunque por entonces ya debía tener unos diecisiete años.

La empresa patrocinaba un equipo de futbol que militaba en la tercera división y durante el primer año que allí trabajé, decidió crear un equipo juvenil para que sirviera de cantera al primer equipo. Así que ni corto ni perezoso me apunté, matando dos pájaros de un tiro; primero porque me gustaba jugar y segundo porque así me quitaba durante dos horas y dos días a la semana, de tener que aguantar al dichoso maestro del taller.

Por aquellos años, la Iglesia Católica, ejercía un fuerte poder dentro de la estructura del Estado, así que de vez en cuando, organizaban charlas dentro de las empresas metalúrgicas, que paraban su actividad industrial durante una hora o más, para que los obreros oyéramos los mensajes con los que pretendían catequizarnos.

Como yo no perdía ocasión de escaquearme del taller, a la menor oportunidad que surgiera, me apunté a unos ejercicios espirituales, muy de moda en la época, que se desarrollarían en la provincia de Segovia. Junto con otro compañero del taller, fuimos para allá con la sana intención de pasárnoslo bien. Como dice el refrán: “Dios los cría y ellos se juntan”. Pero a punto estuvimos de que nos expulsaran cuando, en horas de pasear meditando, nos sorprendieron contando chistes agazapados detrás de unos setos del jardín.

Volviendo a la actitud persecutoria de aquel maestro de taller, recuerdo aquella ocasión en que nos reunimos en los lavabos del taller, los jóvenes que allí trabajábamos, para ver los discos que iríamos a poner en el guateque, que normalmente solíamos hacer, y comentar lo bien que lo iríamos a pasar el domingo, (pues en aquellos años los sábados eran días laborables). Estando revisando los discos y canturreando algunas letras de las canciones que contenían, el buen hombre irrumpió en los lavabos, y ni corto ni perezoso, levantó acta de la situación y nos sancionó a cada uno de los que allí estábamos, con un día de empleo y sueldo.

En uno de esos domingos de baile, conocí a una chica, que sí me hizo caso a pesar de no ser yo un consumado bailarín; con ella estuve saliendo durante algún tiempo hasta que volví para Málaga, con la idea de emigrar a cualquier país de Europa.

Pero esa es otra historia que contaré en otro momento.
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sábado, 10 de marzo de 2018


LIBERACIÓN

El marinero no subió al barco aquella tarde de abril de mil novecientos sesenta y cuatro. La Armada lo dio por desertor. Su familia emitió una nota necrológica: “El Guardia Marina Manuel Moreno Martínez ha resultado muerto como consecuencia de un atraco, cuando paseaba por un barrio marginal de Rio de Janeiro”.

Su padre, era Contralmirante de la Armada y había capitaneado el crucero pesado Canarias durante la guerra civil española. 

Manuel, que había nacido en el año mil novecientos treinta y ocho en la ciudad de Cuenca, era el único hijo de una familia burguesa y no había visto el mar en su vida.

Él no sabía muy bien lo que era ser marinero. Lo que a él le gustaba era jugar con un barco que le había traído su padre, y que flotaba en el lavadero de la ropa, cuando de allí salía mojado hasta las cejas después de recibir la bronca de casi todos los moradores de aquella casa.

«¡Manolito, para ya de tirar el agua al suelo!». Le increpaba cada día la asistenta de la casa.

«¡Manolito, te vas a resfriar!». Le regañaba la abuela, siempre pendiente de su delicada salud.

«¡Si es que lo lleva en la sangre! Manolito será marino como su padre», decía su madre llena de orgullo.

Cuando cumplió doce años, le regalaron un álbum con cromos de barcos de guerra. El chico, sorprendido al ver la cantidad de buques que tenían los Estados Unidos, preguntó:

—¿Papá, porqué los españoles no tenemos ningún portaaviones?

—¡Porque no nos hizo falta para ganar la guerra civil, hijo! Recuerda que con nuestras carabelas fuimos capaces de forjar un imperio.  —Le respondió, lleno de soberbia.

Manolito ya había terminado sus estudios de bachillerato con excelentes notas.  Él tenía asumido, desde muy pequeño, que seguiría con obediencia el camino que le dictaran sus padres.

Pero en su fuero interno prefería ir a una Universidad; estudiar una carrera civil que le proporcionara los medios para ganarse la vida y poder formalizar la relación que mantenía con una chica del Opus Dei.

Aún le quedaban un par de años para cumplir la edad de ingresar en la Escuela Naval de Marín; por eso pidió permiso a sus padres para estudiar, por aquél entonces, en la Universidad Central de San Bernardo, mientras tanto, la carrera de Derecho. Les prometió que entraría en la Escuela Naval, pero que le gustaría, pasado un tiempo, terminar la carrera de Letrado.  

En aquella Facultad hizo amistad con un grupo de estudiantes que estaban organizando un Congreso Nacional, para contrarrestar al Sindicato Español Universitario que estaba impuesto por el régimen y que aglutinaba obligatoriamente a todos los estudiantes.

A pesar de la censura permanente en el país, de editoriales y medios de difusión (ya que solo funcionaban periódicos afines a la ideología del régimen dictatorial), llegó hasta sus manos información clandestina de la lucha soterrada de los estudiantes y trabajadores, para derrocar el régimen fascista.

Fue así como se enteró de que aquellas campañas gloriosas de la carrera militar de su padre, incluía el bombardeo de miles de civiles indefensos en la antigua carretera de la costa, que unía las ciudades de Málaga y Almería, cuando huían despavoridos de las tropas golpistas que comandaba el general Queipo de Llano, que había hecho pública a través de la radio la siguiente proclama:

“Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen.

Mañana vamos a tomar Peñaflor. Vayan las mujeres de los «rojos» preparando sus mantones de luto.

Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad”.

Así que no tuvo el menor reparo en participar, junto con otros compañeros demócratas y reformistas, en una manifestación en contra de los partidarios del sindicato fascista (SEU) cuando se disponían a rendir un homenaje, con misa incluida, al falangista Matias Montero. Durante esa manifestación se produjeron actos violentos y agresiones por ambos bandos, resultando herido de bala un joven de dieciocho años.

La Policía Armada disolvió a mamporros la pelea y apresó a los líderes de ambos grupos.

Gracias a la influencia de su padre junto al gobierno, él quedó libre junto con otros compañeros de estar involucrado en esos hechos; que aunque parezca increíble eran también hijos de personalidades relevantes del régimen. La vista de la causa nunca se celebró, ya que, el mismo día en que dio comienzo, el fiscal retiró la acusación.

Manuel ya había completado los estudios en la Escuela Naval, a pesar de la dificultad que tuvo durante toda la carrera para superar las pruebas físicas y el vértigo que le suponía subir trepando por los mástiles.   

Aquella mañana de marzo, estaba en el puerto de Cádiz dispuesto a emprender un crucero de instrucción en el Buque Escuela Juan Sebastián Elcano, para obtener el certificado de Alférez de Fragata.

A la altura de las Islas Canarias, se presentó un temporal increíble con vientos huracanados de más de ciento cincuenta kilómetros por hora, que inutilizó el moco del bauprés.

El bergantín-goleta se vio obligado entonces a realizar una escala técnica, en el puerto de Rio de Janeiro.

Allí le dieron a los Guardias Marinas algunos días de permiso, mientras reparaban los destrozos causados por la tormenta, antes de continuar la singladura prevista para alcanzar el Cabo de Hornos.

La había mirado cuando paseaba por la playa de Copacabana. Ella se había fijado en el uniforme impoluto que vestía aquel chico con pinta de galán. Él no recuerda haber visto, ni en el cine, un cuerpo cómo aquel. La miraba embobado mientras ella le sonreía de forma picarona, como invitándole a pasear juntos por aquella avenida tan famosa.

Habían pasado cuatro días desde aquel encuentro y no recordaba haber visto atravesar, la proa del velero, mar tan bravío como él había sentido al desafiar la tempestad de los movimientos de cadera de Silvia.

—Manolo, ¡para de follar que se nos va el navío!  —le gritó su compañero de promoción.

—¡A la mierda el barco y la Marina! No quiero ver a mi padre ni a la mojigata de mi novia, que nunca me hará una mamada, a no ser que Escrivá de Balaguer cambie los Estatutos del Opus Dei.

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El poeta

Estoy jubilada y hoy aguardo ansiosa que vuelva Edilson como ganador del Premio Nacional de Poesía “Jorge Amado”, en la capital de mi país

Hace tiempo que mi familia la forman Edilson, un joven cariñoso que conocí hace algunos años en Pontal de Maracaipe y su madre, una mujer de agradable trato. Me gusta recordar nuestro primer encuentro…

—¡Cuidado! No se vaya a meter en el agua por este lado de la playa —me dijo el niño visiblemente preocupado.

El pequeño tenía la cara más inocente del mundo.

—¿Por qué? Si la playa parece rasa —le contesté.

—¡Porque es peligrosa! ¡Esto es el mar, señora!

Fue ahí cuando reparé en su vestimenta. Sus pantalones cortos debían de haber sido de un muchacho más grande que él. La cintura del mismo, que amarraba con una cuerda, para que no se le cayera, le daba vuelta y media a su delgada figura.

Sus pies estaban descalzos y no porque anduviera por la arena de la playa.

—¿Y dónde debo bañarme entonces? —le pregunté.

—Más allá, después del espigón. Donde están aquellas rocas.

Miré hacia el punto donde me señalaba, distante de nosotros.

Él me acompañó solícito, caminando por la arena.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté.

—¡No me llaman por mi nombre! Todos me conocen como “el poeta”.

—¿Escribes versos?

—¡Si, señora!

—¿Y dónde has aprendido, con lo pequeño que eres?

—Mirando las cosas bonitas y pensando en ellas.

—¿Me puedes decir alguno?

—¡Si, claro! Este lo he inventado esta mañana:

«Las caracolas del fondo de la bahía,

Sueñan con los corales de noche y día».

—¡Qué lindo!

 

Al llegar a la altura de la barrera de corales, me dijo:

ؙؙ—Puede usted parar por aquí. Este sitio es mucho mejor y está libre de piedras que le puedan hacer daño. Además, ahí enfrente, al otro lado de la calle está el “Restaurante do Galo”, donde puede comer muy bien y muy barato.

Enseguida comprendí que el motivo del traslado se debía a la necesidad que tenía de llevar, hacia ese lugar concreto, a todo aquel turista que por aquella playa extensa y casi desierta caminara.

Mi sospecha se confirmó cuando un camarero del local, se ofreció:

—¡Señora! Si le apetece descansar, le puedo sacar una silla y una mesa y se la planto en la misma orilla de la playa. Si quiere le puedo servir algún aperitivo; una cerveza fresquita, o un coco verde para que disfrute de su agua. Le dejo la carta para que vea los platos que le podemos preparar.

El chico se despidió de nosotros, no sin antes dedicarme una cándida sonrisa, y se alejó en busca de algún otro turista.  

—Adiós “poeta”, hasta luego. —Le dijo el mozo.

—¡Que chiquillo más encantador! —dije a modo de comentario.

—¡Sí que es un buen chico!  Y es raro que se mantenga así en medio de tantos críos desarraigados. La mayoría de ellos, sin formación, se dedican a engañar o a robar a los turistas.

 

A la hora de comer, en una mesa apartada en un rincón del restaurante, vi cómo le servían unos pescaditos fritos.

Yo estaba interesada en saber algo más acerca de aquel chiquillo. Así que entablé conversación con el dueño del local.

—¿Cómo se llama ese chico que me ha traído hasta aquí?

—Es Edilson, “el poeta”.

—¿Y cuándo acude a la escuela?

—¡Nunca! Yo le he enseñado lo poco que sabe. Mire —dijo mostrándome una hoja manuscrita—, lo que es capaz de escribir:

 

«Soy limpio de corazón

Amo a mi tierra querida

¡Que no me saquen de aquí!

O me arrancarían la vida».

—¡Conmovedor!  —exclamé.

—¿Y no tiene familia? ¿Y su madre? —insistí.

—¡Sí que tiene! Pero no le prestan mucha atención. El padre es un bala perdida; tiene dos o tres mujeres y no está comprometido con ninguna. La madre no es mala persona, tiene que buscarse la vida como sea, aunque a veces ni le pagan. Pasa días fuera del chamizo donde mal viven.

Hizo una pausa para continuar diciendo:

—El chaval se gana unos cuartos, para ayudar a su madre, llevando a los turistas a las posadas que hay por el pueblo, y yo le doy de comer aunque no me traiga ningún cliente. ¡Es que a un niño así hay que quererlo!

—¡”Poeta”, llévame a la mejor posada que haya por aquí! —le pedí al termino de mi charla con el dueño del local.

Por el camino Edilson me contaba:

«Mi pueblo es como un rebaño de ovejas que camina en busca de un prado donde abunde la comida, pero nunca lo encontrará. Por aquí es todo seco, hay dunas maravillosas pero la lluvia escasea».

Llegábamos a la posada “Vila do Porto”, cuando de repente surgió de una esquina un chico mal encarado que dirigiéndose “al poeta” le recriminó:

— ¡Oye chaval, ya te he dicho que esta zona del pueblo me pertenece! Por aquí solo trabajo yo. Así que lárgate si no quieres que te pegue una paliza. ¡Como el dueño te dé una propina, prepárate que te la voy a quitar a porrazos!

—¡Porrazo te voy a dar yo a ti!  —Dije enfrentándome furiosa al muchacho—  ¡Como no te vayas de aquí ahora mismo! 

En aquel momento decidí que tenía que ayudar a aquel chico y a su madre como fuera.

Unos años después de aquel encuentro, un día, al regreso de la escuela me dijo:

—Tita, estoy enamorado.

—¡Sí! ¿De quién?   —le pregunté curiosa.

—¡De una niña preciosa! Mira lo que le he escrito:

«Qué cansado estoy de esta insoportable distancia entre nosotros

Cómo añoro el sonar de la campana del recreo para mirarte

¿Ya no te acuerdas de mí? ¿Has crecido olvidándome?

Dime que no estoy escribiendo al abismo

¡O eso será en lo que se convierta mi corazón!».

 

…¡Ha pasado ya tanto tiempo de aquello!

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jueves, 28 de diciembre de 2017

Nostalgia




Nostalgia

Había arribado al puerto de Santos hacía apenas cuatro días; pero aún sentía dentro de mí el balanceo continuo del barco que me había alejado de mi familia.

Hacía mucho calor y yo seguía pensando en ellos. Me descalcé la sandalia y lloré a la orilla de la playa.

No conocía a nadie en esa ciudad monstruosa. Mi residencia era un inmenso cuartel remodelado, para acoger emigrantes llegados de todas las partes del mundo.

Han pasado cincuenta años desde aquello, y aún lloro cuando recuerdo a familiares ausentes y aquel triste día de Navidad.


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domingo, 29 de octubre de 2017

Paraty


Paraty, el encanto colonial

Es una de las pocas ciudades brasileñas que aún conserva intacto el patrimonio colonial que dejaron allí los portugueses durante el tiempo de reinado del Emperador Don Pedro I.

Esta ciudad fue fundada y poblada entre 1553 y 1560, bajo el nombre de Vila da Nossa Señora dos Remedios, como ciudad vinculada al comercio del oro y del café.

Las calles empedradas, que no adoquinadas, del casco antiguo están dispuestas en damero (cuadrícula regular), donde está prohibido el paso de cualquier tipo de vehículo motorizado. Estas calles están situadas a un nivel inferior del que alcanzan las mareas en la pleamar, de manera que cuando el agua del mar alcanzaba su mayor nivel, esta inundaba las calles limpiándolas de residuos que eran arrastrados hacia el mar cuando la marea bajaba.

Actualmente las entradas del agua del mar están cerradas de manera que impide que estas inunden las calles como antiguamente. La limpieza se hace como en cualquier ciudad del mundo con los medios adecuados.

A pesar de haber vivido en ese país durante diecisiete años, conocí esa ciudad en un viaje de vacaciones que hice, años después, con mi familia desde España allá por el año 2007.

Veníamos haciendo una ruta por el Estado de Minas Gerais; habíamos visitado las ciudades de San Lorenzo y Caxambú, balnearios de aguas termales y curativas que por esas latitudes proliferan, cuando decidimos, por acortar camino, atravesar el parque natural de la Sierra da Bocaina bajando hasta el litoral carioca del Estado de Rio de Janeiro.

Lo que no sabíamos es que aquella carretera estaba prácticamente intransitable y mucho más después de algunos días de lluvias torrenciales como los que habían sucedidos algunos días antes de nuestro paso por allí.

El deterioro de la calzada nos cogió de sorpresa ya que algún malintencionado o desconocedor de su mal estado, nos asegurara que el camino era el idóneo para hacer la travesía más corta hasta la playa.

Un cartel situado a la entrada del desvío que nos sacaría de la estrada nacional avisando de la precariedad del pavimento, no fue suficiente para que nos diera tiempo a reaccionar y volver.

En un santiamén nos vimos descendiendo por una brusca pendiente, donde resaltaban las grandes piedras que brillaban por el agua y el barro que las cubría y donde el asfalto brillaba por su ausencia. La carretera estrecha nos impedía maniobrar el vehículo para retornar y el fuerte repecho que tendríamos que arremeter nos parecía imposible de salvar sin que el vehículo derrapara con el consiguiente peligro de despeñarnos ya que el camino carecía por completo de quita miedo o de alguna protección.

Así que nos encomendamos a Dios y a nuestra buena suerte y decidimos continuar el camino. La bajada por aquella sierra resultó super emocionante y no exenta, en algunos momentos, de temor cuando entonces decidí bajarme del coche y caminar delante del mismo orientando a mi hijo, que lo conducía, indicándole el sitio más conveniente para pasar sorteando las gruesas piedras que golpeaban en los bajos del vehículo con el riesgo inminente de que se produjera la rotura del cárter, decidiendo en el momento si era preferible “escalar” alguna de aquellas piedras o arriesgar metiéndonos en algún boquete.

Tampoco fue fácil salvar los cráteres que la lluvia había provocado en el camino; en muchas ocasiones alguna de las ruedas resbalaba de encima de las piedras y caía bruscamente en un hoyo.

En una de estas sacudidas sucedió aquello que no deseábamos, un pinchazo inoportuno nos obligó a detener la marcha y realizar el cambio de neumático en las peores condiciones posibles.

La irregularidad del camino hacía difícil encontrar un sitio llano donde colocar el gato para levantar el coche.

Estando realizando esa maniobra de cambio del neumático, un vehículo todo terreno perteneciente al Parque Natural subía la sierra en trabajos de inspección del estado de la carretera. Los ocupantes nos informaron que algunos kilómetros más adelante la carretera mejoraba considerablemente. Noticia que nos animó a seguir adelante con la aventura.

Llegamos a Paraty con el vehículo lleno de barro hasta el techo y con los cristales sucios hasta el punto de tener la visión de la carretera muy disminuida. La hora era intempestiva y los restaurantes ya habían cerrado sus cocinas, así que tuvimos que conformarnos con comer una hamburguesa en uno de esos locales tan conocidos que las venden y que proliferan por todas las ciudades del mundo.

Una vez que hubimos aplacado el hambre buscamos una posada donde pernoctar los días que teníamos previsto quedarnos en aquella ciudad.  Encontramos una próxima al núcleo urbano histórico, donde en esa calle era posible circular con el coche y donde pudimos aparcar el vehículo para bajar nuestros equipajes.

La posada tenía un nombre poco original: “El coco verde” pero estaba bien equipada de servicios.

Las habitaciones eran amplias, las camas limpias y confortables y el baño bien provisto de todos los servicios adecuados, y el desayuno que servían era de calidad y abundante.

Aquel día madrugamos con la intención de hacer un paseo en barco por la bahía de Paraty repleta de pequeñas islas. Concretamente son más de cincuenta.

Durante la travesía pudimos ver, saltando del agua, cantidad de peces voladores y delfines que nadaban junto al barco acompañándolo en su singladura.

También durante el trayecto, sentados cómodamente en la cubierta del buque y protegidos del sol por un extenso toldo, pudimos saborear algunas caipiriñas y aperitivos que nos sirvieron.

Por el camino pasamos muy cerca de algunos islotes en los que había construidas lujosas mansiones. Nos informaron que dichas construcciones eran de propiedad particular y que sus dueños tenían alquilado al estamento competente, por un tiempo limitado, dicho islote.

Al cabo de una hora de navegación avistamos la isla que iríamos a visitar. El buque se aproximó lentamente y fondeó echando el ancla cerca de la playa.

El barco, tipo velero (allí le llaman escuna),  permaneció anclado durante un largo tiempo mientras nosotros pudimos saltar al mar para bucear y hacernos fotos submarinas rodeados de los peces que previamente habían sido atraídos por el pan desmenuzado que los tripulantes arrojaban desde el barco.

Después de este fantástico chapuzón, los que quisimos acercarnos a la playa, lo hicimos montados en una lancha zodiak que el barco llevaba acoplada y que estaba disponible para uso de los excursionistas.

La operación de saltar desde el barco a la lancha, resultó un poco complicada ya que era difícil de realizar debido al movimiento de ambas embarcaciones y la posibilidad de caernos al agua en él intento. El principal temor no era caernos al agua, cosa que ya habíamos hecho antes, sino caer con las cámaras de video o fotográficas que llevábamos a cuestas con la intención de tener un recuerdo de aquel fantástico lugar.  

El paseo por aquella playa desierta fue una auténtica delicia. Cangrejos de color rubio se camuflaban con el color de la arena que crujía a nuestro paso. Estos crustáceos haciendo hoyos en la arena se escondían rápidamente de nuestra presencia.

De vuelta al velero, nos sirvieron una comida excelente a base de pescado bien condimentado acompañado de fresca cerveza; después unos postres excelentes dieron colofón a una comida diferente en un medio natural tan exuberante donde la frondosa vegetación de varias tonalidades verdes, tan próxima a la playa, nos causaba una sensación de paz indescriptible.

Po la tarde realizamos una incursión en otra de las islas situada dentro del recorrido turístico, pero ya sin tanta emoción como la que sentimos en la primera parada.

De regreso a Paraty, pudimos disfrutar de una bonita puesta de sol ya próximo a los embarcaderos de la ciudad.

De vuelta a la posada, un baño reparador nos devolvió la fuerza necesaria para enfrentar una apacible velada con cena amenizada con música autóctona en el restaurante “Casa do fogo”. Después unas copas en “Margarida Café” completaron aquella bonita noche tropical a la vera del mar.

Los días siguientes los dedicamos a recorrer y visitar lo que allí hay de interés cultural: la Iglesia de Santa Rita de 1722 o la de la Señora de los Remedios, reconstruida en 1873. El Museo de Arte Sacro o las ruinas del fuerte Defensor Perpetuo.  

Visitamos también como curiosidad típica varias destilerías de aguardiente, y sus alambiques. Actividad esta que viene desarrollándose desde el año 1600, debido al cultivo de la caña de azúcar que junto con el café eran los recursos agrícolas.

Recorriendo sus calles y fotografiando sus coloridas casas típicas donde pueden apreciarse en sus fachadas símbolos masónicos, transcurrió la tarde del último día que allí estuvimos. Y como no, aprovechamos para comprar algunas botellas de “cachaça” de alambique, tan buena al paladar como el mejor Wyski escocés.

El regreso hasta la ciudad de Sao Paulo, lo hicimos por la carretera antigua que bordea todo el litoral en vez de coger la autovía denominada “Via Dutra” que une las ciudades de Rio de Janeiro y Sao Paulo, por donde discurre el tráfico rodado de miles de camiones que unos tras otros al anochecer invaden los carriles de dicha autovía resultando casi imposible maniobrar para acceder al carril derecho, obligándote a circular constantemente por el carril izquierdo a la máxima velocidad posible ya que el vehículo que te precede te pisa literalmente los talones.

La conducción en dichas condiciones se hace agobiante y conlleva a un punto de atención y concentración que es difícil de mantener durante al menos cinco horas que el tiempo que se tarda en alcanzar las dos ciudades más importante de Brasil.

Debido a esos inconvenientes optamos por circular por la carretera antigua donde la panorámica de la costa es maravillosa.

En contrapartida dicha carretera cruza muchos pueblos y localidades turísticas, lo que condiciona el límite de velocidad al circular por sus calles, añadido al inconveniente de los resaltos colocados en la carretera a la entrada de cada pueblo, que obligan a reducir la marcha hasta los treinta kilómetros por hora, so pena de dejar en la carretera los amortiguadores del coche hecho polvo.

De esta manera pudimos volver a ver poblaciones ya conocidas por nosotros como Guarujá; Sao Sebastián o Ubatuba, ciudades estas ya ubicadas en el litoral del Estado de Sao Paulo.

En ese trayecto de trecientos treinta kilómetros, no podíamos dejar de visitar a nuestra sobrina Katia que vive en la ciudad costera de Bertioga. 

Volver a transitar por aquellas calles sin asfaltar, rodando por encima de arena de playa nos hizo retroceder a nuestra estancia por aquellos lares treinta años atrás cuando íbamos a acampar a la playa de Periqué.

El recorrido nos llevó hasta la ciudad portuaria de Santos en el litoral paulista después de una travesía, con el coche incluido, a bordo de un ferry, donde disfrutamos junto con nuestros primos de la extraordinaria “Playa Grande” y de sus restaurantes y chiringuitos diseminados a lo largo de sus quince kilómetros de aguas increíblemente transparentes, y que tantos y bonitos recuerdos nos traía de los años vividos en aquel país.

Y así culminaron aquellos días de vacaciones, por tierras del Estado de Minas Gerais; de Rio de Janeiro y de Sao Paulo, antes de seguir el viaje con destino a las cataratas de Iguaçú. Pero esa es otra historia que contaré otro día.      
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miércoles, 28 de junio de 2017


La vida desconocida y esperpéntica de Blancanieves y sus descendientes.   (12/05/15)

Hace más de cuatrocientos años que nacieron Blancanieves, el Príncipe Fernando y los siete enanitos. Personajes estos, amables y carismáticos que han mantenido embelesados a muchas generaciones de niños de todo el mundo. Aún permanecen vivos en  la actualidad al tratarse de seres inmortales, que además nunca envejecen. No sucedió lo mismo con la madrastra que murió cuando saltó al vacio intentando escapar de los siete enanitos que la perseguían para vengar la muerte, por suerte temporal, de Blancanieves. Así que la historia de estos  personajes, aunque secretamente, ha continuado en el tiempo.

Después de intensas investigaciones y contactos con magos y adivinos como Rappel, Sandro Rey o Aramís Fuster, he conseguido averiguar que siempre han celebrado todos y cada uno de los aniversarios de su casamiento. 

…Aún recuerdan en París la fastuosa boda oficiada por el Cardenal Richelieu. Y si en el primer casamiento estuvieron presentes los enanitos del cuento cantando lindas canciones durante la ceremonia y portando las arras y los anillos en valiosísimas bandejas de oro y zafiros; en las siguientes que se celebraron en Londres, Roma, Moscú, Holanda y un largo etcétera, asistieron todos los representantes de la nobleza europea.

Después de esto, los enanitos fueron despedidos por el Príncipe sin ningún tipo de indemnización económica, gracias a las reformas laborales que este había implantado en su país. Estos se vieron obligados a enrolarse en el Cirque du  Soleil formando parte, como jugadores, de un futbolín gigante.

El contacto y el trato  de la pareja con tantas Altezas Reales les fue cambiando el carácter poco a poco, tornándolos frívolos, altivos, soberbios y prepotentes.

En las boda de plata de Blancanieves con el Príncipe, la madrina fue Caperucita Roja, ya que aunque mucha gente no lo sabe, ellas se habían conocido con ocasión de la coronación del rey  Carlos XI de Suecia, donde trabaron una solida amistad; llegando incluso a compartir una barbacoa hecha con las patas del lobo asadas a la brasa; esto después que el cazador de la historia lo matara para tranquilidad de todos los habitantes que poblaban los bosques del país de irás y no volverás.

Como sabemos, la celebración de una boda cada veinticinco años lleva aparejado el nombre de un metal valioso, así que las siguientes fueron las de oro, las de diamantes, de platino, rodio, osmio, etcétera...

En otra ocasión mientras vivían en Francia les estalló la Revolución y a punto estuvieron de morir guillotinados, menos mal que les ayudó el Doctor Manet  a escapar milagrosamente de semejante horror. 

De Moscú tuvieron que salir huyendo cuando allí estaban viviendo majestuosamente al lado del Zar. Los revolucionarios bolcheviques los persiguieron hasta la frontera con Hungría; pero ellos gracias a sobornos consiguieron escapar milagrosamente cabalgando en un “kibitka”. 

Con Hitler no tuvieron ningún problema pues el Príncipe al ser alto, guapo y rubio parecía un joven ario, aunque para no tener problemas de ningún tipo con el régimen, ni levantar la mínima sospecha, se alistó en la SS.

Aunque nunca estuvo en el frente de batalla trabajó para el gobierno como contable, controlando los bienes y valores requisados a los judíos, donde de vez en cuando aprovechando un descuido del vigilante, alguna joya se le pegaba a los dedos. Cierto día distraídamente se metió en el bolsillo el diamante Orlov en vez de meterlo en la caja fuerte y es que este Príncipe cuando joven era bastante distraído.

Hubo una época, próxima a una de sus muchas “lunas de miel”,  que estuvieron viviendo en Puerto Rico, (Por la canción de Gloria Laso que en aquellos años estaba de moda y sonaba en todas las radios del planeta).

Cuando celebraron las bodas de Iridio, hace de esto apenas veinte años, entre otros muchos personajes ilustres asistieron los duques de Palma, la hija de Aznar, y toda la camarilla de la trama Gürtel que obsequiaron a los contrayentes con lindos y costosísimos regalos: una limusina kilométrica; una lujosa mansión en la Costa Brava y una cuenta en el BHF-BANK Suizo que le abrió personalmente el señor Bárcenas, más conocido por sus correligionarios como “el cabrón”. Todo esto fue posible gracias a que el apuesto Príncipe les había estado concediendo durante muchos años todas las obras faraónicas que se construyeron en los territorios de su Principado y la concesión de todas sus autopistas de peaje. De aeropuertos no cabe aquí hablar ya que no han construido ninguno; pues es sabido que las brujas viajan en escoba y los  magos orientales lo hacen en alfombras voladoras. 

Después de esto, Blancanieves viajó a Cataluña para disfrutar de su nuevo hogar donde conoció al “President” Pujol que le enseñó a blanquear el dinero negro de las comisiones y abrir cuentas en todos los paraísos fiscales con sede en el Océano Pacífico.

Como el matrimonio no tenía otra cosa que hacer y con el dineral que poseían se dedicaron a la cría de “agüilis” “guanaminos” y “alacranes albinos” que les reportaron enormes beneficios económicos.

Parece ser que al matrimonio no le gustaba ver la televisión, pues no soportaban a la Princesa del Pueblo (Belén Esteban) quitándoles protagonismo, así que por las tardes se dedicaban a fabricar niños, pues Blancanieves tenía añoranza de los tiempos en que vivía con los siete enanitos. Como ella es bastante egoísta, han tenido nada menos que catorce. Parece ser que alguno de ellos no sea hijo del Príncipe, ya que éste estuvo cinco años encarcelado, por tráfico de influencias, falsedad documental y malversación de fondos públicos, sin derecho a visitas y mucho menos tuvo permiso carcelario durante ese tiempo, ni le fue aplicado nunca el tercer grado.

A la salida de la cárcel y enterado del “marrón”, el príncipe repudió a Blancanieves que ahora vive rejuntada con el conde Lequio. A decir verdad el Príncipe le hubiera perdonado esos deslices, porque la quería, (también, ¡después de tantísimo tiempo juntos! Que otra cosa se podía esperar). Pero lo que de verdad le molestaba a Él, es que no pudiera ponerse la corona en las grandes celebraciones de palacio y en su lugar, para disimular, tuviera que vestir un casco de vikingo.

Casi todos los miembros de la familia se vinieron a vivir a España por aquello del buen clima, la dieta mediterránea y la buena mesa; aparte de que aquí si te cogen con la mano en la caja fuerte, no te pasará absolutamente nada y encima conseguirás más votos si estás metido en la política.

El mayor de todos los hijos, un visionario de las finanzas, se afilió al partido que gobernaba por entonces la Comunidad Valenciana y allí se puso las botas y “no la de siete leguas precisamente” aprovechando la burbuja inmobiliaria, los “pelotazos”, las recalificaciones de los terrenos propiedad del Ayuntamiento y la celebración de grandes eventos deportivos y religiosos.

El tercero, por orden cronológica, en la actualidad anda metido en el tráfico de armas habiendo contrabandeado anteriormente con Gadafi y Hugo Chaves, (el de Venezuela). También en los ratos libres se dedica al blanqueo de dinero negro proveniente de las drogas. Debido a esto tuvo participación activa en el clan de los Charlines y llegó a negociar, con el narcotraficante mejicano Pablo Escobar, la entrada en Europa de grandes cantidades de heroína y cocaína. 

El hijo más mimado de la feliz pareja después de pasear por todo el mundo como un empedernido mujeriego y auténtico playboy se fue a vivir en Andalucía donde ha tenido participación activa en el reparto de los recursos públicos destinados a cursos de formación para los parados y en la adjudicación de los Eres fraudulentos, donde sus empresas se han visto largamente beneficiadas. Ahora está en busca y captura gracias a que su Lamborgini corría mucho más que el Seat Panda de la Policía Nacional que lo perseguía.

De los otros hijos poco sabemos a no ser que algunos de ellos son presidentes y accionistas de grandes bancos y compañías petroleras, hidroeléctricas y de telecomunicaciones. A estos nunca les cortarán el suministro de electricidad o de agua, ni les faltará la gasolina en el coche y se podrían pasar la vida entera hablando por el móvil.

Aunque hay indicios que el más pequeño, ha entrado en la FAES, donde ha compartido pupitre con el pequeño Nicolás durante cuatro años. Parece ser que este chico será el próximo talento a descubrir por la señora Esperanza Aguirre para que lidere la Comunidad de Madrid.

No obstante la ex pareja hace ya muchísimos años que festejaron sus bodas de platino y ahora no sé a qué metal precioso habría que adjudicar el nombre, si un nuevo evento matrimonial sucediera si hicieran las paces. Probablemente esas serían las bodas de Coltán por su inmenso valor económico y estratégico en la fabricación de teléfonos móviles, donde el ex matrimonio  tiene  importantes inversiones para la explotación de dicho metal y de paso la de los trabajadores que lo extrae de las minas del Congo.

Así que han sido y siguen siendo muy felices comiendo, por lo menos, tres veces al día perdices; chuletillas de cordero lechal; cochinillo asado; grandes chuletones de buey; caviar iraní y jamón del bueno, de ese que dicen que su tocino no tiene colesterol. Sin olvidarse de darse buenos atracones del mejor marisco de las costas gallegas, acompañados de buen vino fino o delicioso albariño.  

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